Carmela Silva, en pie contra la infamia y su justificación judicial

 

Carmela Silva, presidenta de la Diputación de Pontevedra y concejala en el Ayuntamiento de Vigo, buscará amparo, protección y justicia en la Audiencia Provincial de Pontevedra. Un extraño fenómeno cósmico ha emparejado en un dislate enfermizo a una jueza y a un concejal que, como en un cuento fantástico, han sembrado de iniquidad el turbio y maloliente pantanal en el que se está convirtiendo nuestra sociedad.

Unos nos llevan a la ciénaga y otros son, por sus actos y por sus palabras, como la ciénaga misma en la que quieren que acabemos sumergidos. Nos empujan o nos amarran a ella, no lo tengo muy claro. Pero sí parece que se impone el agua estancada que nos inunda. La política es, en España, insulto y fobia. En el pantano crecen los parasitos y se hacen fuertes. Por eso algunos chapotean en el fango con alegría tanta como con esmero y dedicación.

 

 

Es el caso del concejal del Partido Popular, Jorge Caldas, oficiando como concejal del partido de la ley y el orden

 

 

Es el caso del concejal del Partido Popular, Jorge Caldas, oficiando como concejal del partido de la ley y el orden, que en la ciénaga esta en la que nos andan, disfruta de gran reconocimiento y dispone de títulos nobiliarios que anteceden a sus esfuerzos por hacerse entender: “mala zorra”, “sinvergüenza”, “menuda furcia” y antes que cualquier otra cosa, “hija de puta”: méritos de nobleza verbal que han encumbrado al autor. Sus títulos hablan por sí mismos y expresan con prontitud el primer pensamiento que se puede tener sobre él y sus obras brillantes.

Entre la ponzoña del pantano, su verbo ágil se desliza con sinuosa comodidad, como la serpiente que habría de poner fin al paraíso, sonriente y tenaz en el esfuerzo por acabar con lo divino. La charca es la biblioteca donde se exhiben sus promesas ideológicas, su trasfondo político y su locuacidad literaria. La nobleza del lenguaje se impone a la banal y fútil tarea de la convivencia. Y en eso de la nobleza, el señor Caldas se expresa por sí mismo con suficiente espontaneidad; tanta, que se sumerge sin tiempo para arrastrarnos.

 

 

El verdadero problema está mas allá, o más acá, donde el problema  se funde entre la justicia y el juzgado

 

 

Pero con todo, Caldas es un problema localizado, porque es el síntoma del horror dialéctico que nos abrasa. El verdadero problema está mas allá, o más acá, donde el problema se funde entre la justicia y el juzgado, entre la jueza y sus autos. La cosa judicial es más compleja que la cosa política porque si bien en el mundo de la retórica y la oratoria de Caldas su vocabulario no es más que el exponente de su profundidad, en el mundo de la señora jueza del Juzgado número 3 de Pontevedra el vocabulario del tal Caldas, concejal ya sin concejalía ni futuro político inmediato, pasa a ser un asunto de bastante más seriedad y mayor responsabilidad.

 

 

La nobleza del lenguaje se impone a la banal y fútil tarea de la convivencia. Y en eso de la nobleza, el señor Caldas se expresa por sí mismo

 

 

La jueza rechaza la denuncia de Carmela Silva. Lo que dice la jueza no es que sea como lo que dice Caldas, es decir, insultar con mala baba; es que da contenido al insulto, lo envuelve en legitimidad jurídica y le da forma y fondo más allá de lo circunstancial para convertirlo en paradigma de una idea: así es como se habla a una mujer en política, aunque a ella no le guste.

 

 

carmela silva, pontevedra

 

En España tenemos un serio problema con los lodazales. Los peores, los pantanos en los que se imparte doctrina. La señora jueza que falla contra Carmela Silva en el país en el que mueren decenas de mujeres por tratos vejatorios llevados hasta el crimen, piensa que decir puta y zorra a una señora es cosa que pasa “en un momento de obcecación“, por lo que, para ella, que vela por la seguridad de las mujeres con sus competencias sobre violencia de género, no existe responsabilidad en la vía penal, “no estimando que se trate de expresiones gravemente ofensivas“, dice la jueza que rechaza la demanda de Carmela Silva, la presidenta de diputación ofendida por la colección injustificable – aunque la jueza lo justifique –  de insultos vertidos por el concejal-oprobio.

Porque, seguro, para ella lo normal en este mundo de tensiones y conflictos políticos es llamar zorra, puta y furcia a la adversaria. En el plano de la política, es decir, en el de lo público, la jueza ignora que está el espejo de la moralidad en los comportamientos en donde buscan reflejo los ciudadanos. El espejo en el que ya se ha mirado el próximo criminal que tras llamar puta, zorra y furcia a su pareja, le dará matarile con la eximente de obcecación, se puede suponer.

 

Muy bien que Carmela Silva quiera dar esta batalla: se lo agradecerán muchas mujeres y muchas personas decentes

 

 

Uno se imagina el bar del juzgado, es un suponer, en donde también existe la rivalidad y la obcecación de los funcionarios públicos, aquejados de la tensión y la presión laboral, las tasas judiciales, los recortes en beneficios, ya se sabe, y deja uno volar la imaginación y presiente una escena inimaginable: “oye zorra, pásame las servilletas”; “levántate furcia, en esa mesa me iba asentar yo”. ¿Será así el mundo coloquial y de relación profesional de la jueza y los juzgados, ya que para ella no son expresiones gravemente ofensivas?

Muy mal lo del mal concejal que ataca con la muy mala espuma rabiosa del insulto. Pero me temo que peor aún lo de la jueza, que lo comprende y ampara negando la protección jurídica que la víctima – todas las víctimas – se merece. Mal asunto ser mujer con estos autos. Muy bien que Carmela Silva quiera dar esta batalla: se lo agradecerán muchas mujeres y muchas personas decentes, las que saben que la violencia de género empieza por las palabras del concejal y se refuerza en autos como este de la jueza.

Esa es la cuestión: que las víctimas tiemblan solas.

 

Carmela, Silva, diputación,Pontevedra