Erdogan saca a relucir su vena menos democrática

50.000 conjurados para dar un golpe de Estado. La cifra realmente parece un poco abultada para una asonada, donde apenas suelen participar unos centenares. Y si definimos que además de los directamente implicados, los militares, se arresta o aparta de sus puestos a profesores, periodistas, policías y jueces… y sin aportar pruebas contundentes, la sensación que se traslada es que asistimos a una caza de brujas para reprimir a los disidentes.

Esto está ocurriendo en Turquía desde el sábado, cuando se frustró la intentona con un saldo cercano a los 1.500 muertos, entre civiles y militares. Desde entonces, un tercio de los generales turcos han sido detenidos y junto a ellos han sufrido la represión 2.745 jueces y fiscales, 1.577 decanos han sido invitados a dimitir, 15.200 profesores han sido apartados de su trabajo y 21.000 profesores de los centros privados se han quedado sin licencia. La lista se completa con 370 periodistas despedidos de la radiotelevisión pública.

Cada día nos despertamos con nuevas prohibiciones en el país. La del miércoles, la suspensión de todos los jueces y fiscales militares, la prohibición de que los académicos viajen al extranjero hasta nuevo aviso y el bloqueo de la web de Wikileaks, el grupo que está difundiendo correos del partido del presidente Erdogan donde no salen precisamente bien parado.

De momento, lo que no tiene fecha es la restauración de la pena de muerte en Turquía. Erdogan se manifiesta en este sentido en cada acto público en el que participa y el partido que lo apoya asegura que lo está estudiando porque se trata de una “demanda popular”.

Los kurdos, que miran los toros desde el interior de la plaza, no dudan en afirmar que Turquía, con Erdogan al frente, está viviendo un radical y rápido proceso de ISIS-lamización, desde el sábado. Pero ya saben, los kurdos son también parte de la refriega.