Los retos de las fuerzas de seguridad ante el yihadismo

Alemania, por primera vez, territorio elegido por los yihadistas para atentar en nombre del Daesh. La genérica llamada hecha por este grupo a todos los ‘buenos musulmanes’ para que atenten contra los demonios occidentales abre una nueva espita para que cualquier psicópata, coptado o radicalizado de manera express o no, alcance la notoriedad. Basta que el Daesh ponga su sello tras cualquier ataque para que cope las primeras páginas de los periódicos.

¿Estamos ante un nueva manera de actuar de los terroristas? Los servicios de seguridad clasifican el modo de actuar de los yihadistas en tres categorías: como organización criminal clásica, es decir en células que reciben órdenes de un centro de mando, el ‘lobo solitario’, que se mezcla como un ciudadano normal sin levantar sospechas hasta que toma las armas, aunque también está conectado con una estructura piramidal de la organización, y el terrorista individual, quien actúa sencillamente siguiendo ‘las fatuas’ y sin conexión con otros agentes del grupo.

A pesar de esta clasificación, lo cierto es que no existe un patrón definido que puedan seguir las fuerzas de seguridad para identificarlos o localizarlos. El terrorismo aglutina bajo esta comunidad de “soldados universales de Allah” a un número de sujetos anónimos, de diferente extracción social, étnica e incluso cultural. Lo único que tienen claro las policías de occidente es que el terrorismo islamista no constituye en modo alguno un fenómeno asociado a la pobreza o a la exclusión social.

Así, los autores del 11-S eran jóvenes procedentes de países árabes que se habían trasladado a Alemania a cursar estudios universitarios. Los de Londres fueron cometidos por jóvenes británicos de segunda generación procedentes de Pakistán y Jamaica, mientras que los autores del 11-M en Madrid eran individuos de primera generación procedentes del Magreb. Todos ellos habían dando muestra de una paulatina radicalización, algo que no coincide con el perfil del terrorista de Niza, que hasta junio se mostraba como un joven adicto al sexo, al alcohol y a comer carne de cerdo, preceptos que se alejan del perfil de un ‘buen musulmán’.

Nuevas maneras de actuar que, en cualquier caso, se muestran eficaces a la hora de conseguir sus objetivos, es decir, provocar el terror. La pregunta, aún sin respuesta, es ¿Cómo pueden contrarrestar las fuerzas policiales y los servicios secretos la amenaza proveniente de terroristas suicidas, los cuales proceden de la propia sociedad en la que se encuentran asentados, denotando una aparente plena integración y no dando en
principio muestras de una eventual radicalización islamista?