La respuesta del PSOE a las elecciones

En marzo tuvimos la oportunidad de contar con un Gobierno que pusiera fin a las políticas radicales de la derecha del PP. Hubiera sido un gobierno presidido por un socialista de acuerdo con Ciudadanos, una formación de centro liberal que había pactado un programa común de cambios estructurales en algunos aspectos básicos de la economía, la educación y la regeneración democrática. Las demandas más acuciantes de una sociedad que reclamaba mayoritariamente un cambio.

Ese gobierno hubiera tenido que acudir al parlamento a buscar consensos suficientes para legislar en materias clave. El apoyo de Podemos podía haber sido pasivo, facilitar su formación y controlar desde la oposición para asegurar un rumbo progresista. No se habría ni contaminado ni desdibujado en sus pretensiones originarias. Al contrario, habría demostrado su utilidad y un contrapeso fundamental para evitar cualquier tentación en sentido contrario.

Se trataba de poner un punto final a cuatro años de austericidio y sumisión a una estrategia diseñada por los sectores más ultraconservadores europeos. Una salida pactada. Seguramente insuficiente, pero al menos una salida que, además, hubiera permitido evitar la consolidación del Partido Popular como referente exclusivo de la derecha española, el reagrupamiento de sus votantes y la legitimación electoral de su profunda implicación en la corrupción política y económica.

Los hechos han demostrado que lo sucedido desde marzo ha sido un dislate desde el punto de vista de la izquierda. Salvo que en el imaginario de algunos aún resida la torticera estrategia de la acción-reacción que pretende radicalizar a la sociedad a base de sufrimiento, agudizando las contradicciones, no se entiende que se haya desdeñado la posibilidad de abrir el proceso de transformación en aspectos tan urgentes como el de la precariedad laboral, la pobreza extrema, las leyes injustas y la persecución de la corrupción. Si se ha tratado de oportunismo electoral, el resultado ha sido bochornoso; si se trató de una cuestión de purismo – la intransigencia ante el pacto así lo evidencia- el resultado ha sido el contrario, pues el debate a la izquierda del PSOE ya no es sobre la estrategia para derribar a la derecha sino sobre la conveniencia de del ser de una u otra forma, no se sabe bien ya para qué.

Las oportunidades perdidas tienen consecuencias. Y pronto veremos algunas de ellas: subida de la luz, multa de la UE, nuevos recortes, indefinición en asuntos como el de los refugiados, impermeabilidad legal ante la corrupción. El continuismo es la moneda con la que además de a los costes calculados por muchos medios, haremos frente al pago del proceso electoral repetido.

Así que, en estas circunstancias, lo que queda es recomponer una alternativa solvente, capaz de articular ordenadamente y con inteligencia política a la izquierda como programa, a través de una estructura que articule a la izquierda como organización. Una vez más, como tantas otras, solo queda volver la vista al PSOE, y tratar de crear en él el proyecto transformador que sea la respuesta socialdemócrata al conservadurismo social y el neoliberalismo económico.

No es posible seguir apostando a juegos florales y a modelos cuya precariedad estructural está, además, en su absoluta falta de definición ideológica. No tiene sentido acusar al socialismo español de deriva ideológica oponiendo un batiburrillo de ideas sin una construcción teórica suficiente para abordar un programa creíble.

Quienes defienden que el PSOE es el espacio natural para emprender un serio y profundo cambio ideológico en lo social y económico y en lo político con dimensión nacional y europea – Europa es un terreno de juego esencial -, deben asumir además de la pelea banal por los liderazgos que la sociedad española reclama un proyecto claro y profundo que sitúe el discurso en la necesidad inmediata de cambios y en la transformación estructural a medio y largo plazo.

El PSOE tiene esa responsabilidad porque alrededor ya solo se escuchan los cantos de sirena que solo producen decepción y frustración. Las mismas claves que aportará el PSOE si no es capaz de reconducirse y entender lo que ha pasado como una seria advertencia para que sea, con claridad, la alternativa a la derecha y el caos. Y no acabe siendo el caos mismo. De ese ya hay bastante.

Así que el Comité Federal de los socialistas haría bien en tratar con seriedad los temas de fondo, asumir que su sitio es la oposición, que su obligación es definir un proyecto, articular un programa y recomponer una organización que debe ser algo más que una maquinaria electoral que unas veces funciona y otras no.

Quedarse ensimismados haciendo sumas y restas sobre los pactos, enredarse en la cuestión federal o plurinacional con ocurrencias canadienses o escocesas, no sirve para nada. Reprocharse mutuamente los resultados, enfrascarse en buscar culpables y acusarse de lo que sea no solo reduce sus expectativas – hoy nuevamente importantes – sino que hace imposible recrear el valor esencial de cualquier proyecto: la credibilidad.

Estamos esperando.