¿Cuándo nos paramos? El blog de Jesús Vaca

Estábamos sentados en el nuevo mirador de lo que otrora fue el “pico Calvario”, de ese promontorio que, cual mascarón de proa, enfrenta desde su corta altura la magnífica visión de la Tierra de Pinares y deja atrás el árido páramo pedregoso que comienza en tierras segovianas; el tío Braulio me miraba con ganas de entrar en debate, pero algo le coartaba, algo le sonaba extraño en nuestra ya larga relación, me veía meditabundo, no estaba, como otras veces, enfadado ni eufórico, alegre o triste, estaba “raro”, según su expresión, estaba como ausente, así que se metió de cabeza en el asunto, su pregunta no dejaba hueco a la imaginación, ¿qué te pasa?, una pregunta que no admite elucubraciones, que sólo admite una respuesta clara y concluyente, y esa fue la que le dí:
Llevo días dándole vueltas a lo que pasa en España, llevo tiempo preocupado por la actualidad, para mí tan extraña, que vivimos y siempre termino con la misma pregunta: ¿ cuándo y dónde nos paramos?.
Repaso la historia del solar patrio y veo que fuimos una tierra permanentemente invadida, siempre conquistada hasta que nos convertimos en conquistadores, nos invadieron los celtas desde el norte, los fenicios desde el este, los árabes desde el sur y fuimos íberos, celtas, celtíberos, griegos, romanos, árabes, cristianos dependiendo del ritmo de las expansiones de los distintos imperios que la historia iba contemplando.
Por nuestra península pasaron todos, llegó a ser, en su mejor momento según mi humilde opinión, el único lugar en que convivieron, en paz, las tres grandes religiones del medievo, la única ocasión en que musulmanes, judíos y cristianos se sentaban en Toledo y eran capaces de dialogar sin matarse, eran capaces de reconocer la aportación que “todos” hacían a la historia de la humanidad. Después de aquello fuimos capaces de forjar un imperio en “donde no se pone nunca el sol”, conseguimos que nuestros enemigos no tuvieran más recurso que el de la propaganda (la Leyenda Negra) para luchar contra nuestros ejércitos y, a pesar de todo, me sigo preguntando. ¿dónde nos paramos?.
¿De que nos sirvió ser “civilizados” por la cultura más importante del momento, ser una provincia romana, dar tres emperadores a Roma si nuestro héroe no es Séneca (reconocido filósofo nacido en Córdoba), ni siquiera Trajano, Adriano o Teodosio (emperadores de Roma), nuestro héroe es Viriato, el defensor de la barbarie del pastor frente a la civilización romana?.
¿ De qué nos sirvieron siete siglos de cultura que nos dejaron, además del cultivo en terrazas, del sistema de regadío que sigue funcionando en Levante, obras como la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba o filósofos como Averroes, también cordobés, reconocido padre de la filosofía y la medicina musulmana, si nuestro héroe es Don Pelayo, un reyezuelo del pastoreo astur?.
¿De qué nos sirve la civilización? cristiana que lo primero que hace es expulsar a los judíos del solar patrio, raza que nos había dado filósofos como, otro curiosamente cordobés, Maimonides y a los jesuitas, la única orden religiosa que , en la época, cuidaba el valor de la cultura?.
Españoles fueron Séneca, Maimónides y Averroes, romano,judío y musulmán respectivamente, los tres de Córdoba. españoles fueron Adriano, Trajano y Teodosio, de Santiponce, al lado de Sevilla los dos primeros y de Coca , en Segovia, el tercero, y con todo este patrimonio, ¿dónde estábamos los españoles de a pie?, ¿qué aprendimos?.
Descubrimos un nuevo continente, allí enviamos de cada casa el más malo y de cada pueblo el peor, vaciamos las cárceles para fletar los barcos rumbo a América, los que los capitaneaban eran los tercerones de un sistema feudal e injusto, el primogénito heredaba el título, el segundo era destinado al ejército y el tercero a la iglesia, el cuarto era abandonado a las amas de cría y los gañanes de labranza hasta que América fué una salida, resumiendo, enviamos a delincuentes e inútiles a “civilizar” a pueblos mucho más civilizados que sus invasores, pero tampoco aprendimos nada.
No se ponía el sol, en un imperio donde estaba mal visto lavarse o saber leer y escribir, lo primero era de amanerados, lo segundo de frailes, la ley la imponía la Inquisición con un rigor que no es capaz de aplicar ahora ni el Estado Islámico, esa España Imperial que dominó territorios en nombre de Dios y de su católica majestad y quemó inteligencias en el mismo nombre, ¿aprendimos algo de aquellas aberraciones?.
Cuando el enciclopedismo y la república triunfan en Francia, cuando las tesis liberales empiezan a sonar, cuando, por primera vez, este pueblo tiene representantes que, en Cádiz, son capaces de elaborar una constitución, de darse un marco de convivencia gracias a la influencia revolucionaria de los franceses, volvemos a la guerra contra la civilización y nuestros héroes no son Marat o Robespierre, ni Moliere son “el cura Merino” o el alcalde de Móstoles que, al grito de “viva las cadenas” recibirán el absolutismo de Fernando VII, declaran la guerra a Francia y cercenan de raíz el primer conato de libertad popular de este gárrulo pueblo.
Después monarquía y república y vanos intentos de que el pueblo dirija sus destinos se suceden hasta una terrible guerra civil en que nos utilizan de campo de pruebas de lo que sería la II guerra mundial, laboratorio que costó la vida a un millón de compatriotas, sangre por la que nadie ha rendido cuentas nunca.
A la recuperación (por defunción, no olvidemos) de la democracia, este pueblo del alma es el que puede decidir sobre su destino, vota por la continuidad tranquila primero y por el cambio tranquilo después, sigue siendo un pueblo que no admite sobresaltos, no quiere aventura, sigue en la terrible postura de los ignorantes, desprecia lo que desconoce porque lo teme, sigue siendo el pueblo de “como aquí en ningún sitio” sin reconocer que no conoce ningún otro sitio, sigue admirando al bruto de Viriato o Don Pelayo por las muescas en su lanza y sigue despreciando, por ignorancia, al filósofo o al culto que civiliza adorando al bestia que “cristianiza”, si elige algún cambio es por “joder” al que estaba, no por convencimiento.
Hoy que el mantenimiento de esa tranquilidad está suponiendo desempleo, hambre, recortes de derechos y libertades y que parece que el pueblo soberano vuelve a gritar “vivan las cadenas” me pregunto: ¿en que parte de nuestra historia nos quedamos clavados?.
El tío Braulio me miró largamente, chasqueó la lengua en su boca, que ya se adivinaba seca, y, tras pensarlo mucho, me espetó: “Para pararse hay que empezar a caminar, ese pueblo que dices, no anda”.