Banderas, causas, Dancausas y un error con mucho interés

La ingenua pretensión de que la democracia sirve para estar todos de acuerdo en un plano de convivencia es en sí misma un cierto fraude a su propia naturaleza, ya que precisamente la democracia consiste esencialmente en poder estar en desacuerdo en todo lo que a cada uno le dé la gana.

Esto, que se supone básico, cuesta hacerlo entender cuando hay una polémica que se manipula. Por ejemplo, todos debemos estar de acuerdo en que a la bandera y al himno no se les debe pitar. Falso. O que, por el contrario, hay que impedir la exhibición de banderas que no son del gusto oficial de los que mandan y de la mayoría que los sostienen. Falso.

Precisamente en eso es en lo que deberíamos poder manifestar – y hacerlo con entusiasmo si nos place -, en la forma en que cada uno considere oportuna, nuestra opinión: pitando, abucheando, negando con el dedo. ¿Por qué? Porque es un acto de libertad completamente gratuito, que no daña nada, que no pone en peligro nada, que si ofende, lo hace en un plano que no tiene mayores consecuencias que las supuestamente emocionales al ofendido, yendo ya muy lejos.

La democracia, tan reivindicada y defendida, es precisamente el espacio que acoge con benevolencia y respeto a los que no están de acuerdo con cualquiera de sus estructuras. Como la memoria es flaca, basta recordar los cruentos episodios que tuvimos que vivir a cuenta de las banderas en un pasado reciente en el País Vasco. Convertido el conflicto de enseñas en un espacio para el enfrentamiento, este se convirtió en sí mismo en una cadena de actos de violencia que desembocaron en enfrentamientos, daño y dolor.

 

La autora del desaguisado de las banderas esteladas ha puesto altavoz a una causa

 

Pretender prohibir un abucheo es ridículo. Pretender prohibir una pitada es estúpido, pretender prohibir una bandera no es que sea, parafraseando a Talleyrand o a Fouché – según las fuentes – un crimen, sino un error, que a veces es bastante más grave. Tanto que la autora del desaguisado de las banderas esteladas ha puesto altavoz a una causa, justificación a un victimismo y ha dejado en evidencia una actitud del estado represiva y vergonzosa contra los derechos individuales y colectivos en un asunto tan mediocre como un partido de futbol en una competición de menor cuantía por mucho que lo presida su majestad, dicho sea con todo respeto.

No hace falta ser una eminencia para descubrir el abrupto interés del acto protagonizado por la Delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa: contribuir a crear un problema con las banderas que mitigue otras realidades bastante más problemáticas. Podemos citar la corrupción que desmenuza caso a caso la integridad moral del PP y del Gobierno, el fracaso de sus políticas, su gestión infame, la deuda desbocada, el fracaso internacional, etc. Episodios de una historia vergonzosa que nutre nuestra vida de estos últimos cuatro años.

Ahora, con una campaña que tendrá de oficio como principal inmoralidad la que le permitirá al PP no dar cuenta de su gestión con la misma claridad que se le exigió en las pasadas elecciones, ellos mismos huyen adelante sacando a pasear el ‘escándalo’ de las banderas o alimentando el protagonismo de España en el terrible drama que padece Venezuela. Como verán, asuntos que afectan vivamente a nuestro doloroso paro, injusticia social, recortes, falta de expectativas y el largo e indecoroso etcétera de asuntos que dañan bastante más que cualquier pitada, silbido o trapo ondeando al viento.