Túnez, el espejo de la democracia en el Islam

El teatro de operaciones del Daesh en el Mediterráneo Oriental tiene en Túnez uno de sus escenarios. País protagonista de la Primavera Árabe en 2011 – en Túnez se llamó revolución de los jazmines- su suelo pasa por ser objeto de atentados yihadistas y su gobierno, un enemigo a batir por los atentados terroristas del Daesh. El último hace apenas unas horas, pero quizás los que más se han hecho notar, tanto por atacar intereses estratégicos como por la muerte de turistas, fueron los atentados terroristas protagonizados en el ‘Museo del Bardo’ en la capital, con una veintena de muertos, y el que hubo en un complejo hotelero en Susa, que se saldó con casi 40 fallecidos.

Considerado tradicionalmente como un país prooccidental, Túnez representaba una cuña de estabilidad y moderación entre Argelia, acuciada por un islamismo fanático hace años, y Libia, desangrada en la guerra civil que vive tras la desaparición de Gadafi. La revolución de los jazmines supuso la caída del dictador Ben Alí  y el inicio de un proceso de transición democrática que culminó en 2014 con una nueva Constitución y elecciones libres que ganó, Nida Tunes, un partido laico, conservador y europeísta.

Fue elegido primer ministro, Habib Essid, quien formó un gobierno de unidad con la inclusión de islamistas moderados. Pero los frustrados cambios que no han llegado tras la ‘primavera’,  básicamente, el trasvase de la riqueza acumulada por los occidentales radicados en Túnez a manos nacionales, han hecho que este país sea considerado como cuna de la yihad, la guerra santa, en África.

De hecho, este territorio y el libio forman parte de las pretensiones de crear un gran califato en África desde el cual expandir sus actividades, tanto por el continente como por Europa. Los radicales se han multiplicado de manera vertiginosa en los últimos cinco años. Dos de cada 10 combatientes del Daesh proceden de Túnez.

Los últimos datos facilitados por International Crisis Group subrayan que en torno a cuatro mil tunecinos se ha enrolado en las filas del Daesh en Irak y Siria y en los grupos afines al califa Bakr al-Baghdadi en Libia. Eso sin contar los dos mil radicales presos en las cárceles de Túnez y el cerca del millar que opera libremente por el territorio, aunque concentran sus actividades en el sur y en las fronteras con Libia y Argelia.

El gobierno los combate por todos los medios a su alcance. Para ello utiliza a las Fuerzas de Seguridad y también los cambios legislativos, como ilegalizar Ansar Al-Sharia, el grupo salafista más radical, y poniendo las cosas difíciles a todos los demás grupos radicales. En Túnez el califato ha encontrado su mejor aliado en el batallón Uqba bin Nafi, rama local de Al Qaeda en el Magreb Islámico.

Hasta ahora, Túnez representaba, sobre todo, la existencia de un país musulmán alejado de los extremismos. Un área donde gracias a una profunda reforma educativa, la igualdad entre hombres y mujeres y la no sacralización de los dogmas religiosos, que habían sido extirpados. Un país, en definitiva, donde se está poniendo a prueba la democracia en el Islam, en palabras de los expertos en geoestrategia internacional.