Refugiados de Corea del Norte: una maldición de la que nunca escapan

Son fácilmente reconocibles por sus vecinos-hermanos del sur. Cuatro décadas bajo el yugo de los Kim los han convertido en 11 centímetros más bajitos y 10 kilos más delgados. Eso, y hablar un dialecto fácilmente reconocible, y porque cuando llegan a ‘la civilización’ son incapaces de hacer algo tan sencillo como poner una lavadora o encender un horno eléctrico, sacar dinero de un cajero automático o incluso usar un inodoro.

Son los refugiados de Corea del Norte, “desertores” en la terminología del régimen, que ya superan la cifra de los 40.000 (una tercera parte en tránsito por territorio chino). Cada año, 1.500 personas, un 80% de ellas mujeres, llega al ‘paraíso’ del Sur, aunque en 2015 esta cifra se ha duplicado.

Pero lejos de encontrar una tierra de promisión, la mayoría de ellas acaban siendo víctimas de las redes de prostitución o de la economía sumergida. Porque en Corea del Sur, y en general en la mayoría de los países asiáticos, son marginados. Son considerados ciudadanos de segunda a los que no quieren contratar.

Centro de reeducación de Hamawok (Corea del Sur)

Centro de reeducación de Hamawok (Corea del Sur)

 

El largo y tortuoso camino para llegar a Seúl

Los coreanos del norte que abandonan su país, son conscientes de que sus familiares pueden ser enviados a un gulag -es el precio por tener lazos de sangre con ‘los desertores’-. Pero eso no detiene sus ansias y emprenden la ruta del exilio. Y no lo hacen a través de la frontera que separa a los dos países, la teórica vía más corta, sino a través de China.

Campo de prisioneros Corea del Norte

Campo de prisioneros Corea del Norte

La mayoría que lo intentan son mujeres -la vigilancia es más relajada con ellas que con los varones-. Se exponen a recibir un tiro por la espalda mientras cruzan el río situado en la parte oriental de la frontera que les lleva a China. Una vez allí, se echan en manos de las redes de contrabando. “Son vías preestablecidas para un paso seguro” asegura un representante de la ONU (UNODC) en Corea del Sur.

“Tienen que operar en la clandestinidad, porque si se hacen notar, los [chinos] enviarán a casa”, donde sufrirán todo tipo de violencia y torturas antes de acabar ante un pelotón de ejecución, según denuncia Human Rihts Watch en un informe sobre la situación de los derechos humanos en Corea del Norte.

En manos de las redes, los refugiados, donde siguen expuestos a sufrir violaciones y todo tipo de vejaciones; pasan por Mongolia -atravesando una zona desértica- para finalmente recalar en Camboya, Laos, Vietnam o Tailandia.

Refugiados de Corea detenidos en China

Refugiados de Corea detenidos en China

Sobre todo anhelan llegar a este último país, porque “Tailandia considera que pueden reenviar a los norcoreanos a Corea del Sur porque la constitución de Corea del Sur establece que todos los coreanos son ciudadanos del Sur”, explica el sacerdote dominico Jo Soung, conocido como el Padre Domingo, un religioso radicado en Seúl dedicado a la ‘reinserción’ de refugiados.

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El complicado proceso de ‘descompresión de los refugiados de Corea del Norte

Ajenos a lo que significa el tipo de vida Occidental, los refugiados son llevados al centro de Hanawon. Un campo de refugiados apenas a una hora de Seúl, pero cuya localización se mantiene en el anonimato para evitar que los espías del Norte se infiltren y los identifiquen.

Hanawon

Hanawon

En esta ‘cámara de descompresión, los refugiados descubren lo que significa la libertad: leer textos ajenos al control del gobierno, hablar de los gobernantes sin darles un tratamiento como ‘Sol de la Humanidad’ o ‘Querido Líder’, aprender a usar las escaleras mecánicas, encender la lavadora o lo que significa usar una tarjeta de crédito.

Suelen realizar una ‘excursión’ a Seúl, y la mayoría entran en shock tras comprobar el vertiginoso ritmo de vida de la capital. “Estas informaciones les provocan una gran desazón. Pero lo que más les cuesta entender son las reglas del mercado”, señala el director del Hanawon. Porque no todo son ventajas en Occidente. No entienden no tener automáticamente empleo y casa.

La reeducación se prolonga durante tres meses, aunque según el dominico realmente necesitan tres años para adaptarse. 90 días después reciben algo más de 3.500 euros y un subsidio de menos de 400 durante doce meses, para que encuentren acomodo y trabajo en Corea del Sur.

 

Marginados y excluidos en su nueva patria

Y libres, pero con la conciencia manchada por el sufrimiento que han dejado a sus familiares en su tierra natal, estos refugiados se enfrentan con un panorama de marginación absoluta. Son considerados como inadaptados y en un país sin Estado de Bienestar, los surcoreanos los ‘castigan’ por recibir dinero del Estado. Consideran con desagrado que están pagando la factura de su reinserción.

Con escasa cualificación profesional, trabajos basura, sueldos precarios y discriminación es lo que les depara el mercado laboral. Los empresarios no los contratan -la mayoría son mujeres- y acaban o bien en la economía sumergida o bien en la prostitución. Su salario es un 33% más bajo y su jornada laboral supera las 47 horas a la semana, según denuncian las ONGs que trabajan sobre el terreno con los refugiados norcoreanos.

Eso o intentar salir del país e intentar conseguir asilo en Estados Unidos o Canadá. Pero eso les obliga a ocultar que ya fueron acogidos en Corea del Sur.