Connie, la mujer que se plantó ante cinco presidentes americanos

 

Ha muerto Concepción Martín, Connie, la mujer gallega de Vigo que un día, hace treinta y siete años decidió plantarse en la calle más famosa del mundo, la Avenida Pensilvania, frente a la Casa Blanca, para protestar por la injusticia de la guerra nuclear tanto como para hacer valer su dolor por haber perdido ante la justicia americana la custodia de su hija, tras el divorcio de su marido, un italoamericano que consiguió alejar para siempre a la madre de la niña.

 

Eran los tiempos de Reagan, de la Guerra de las Galaxias, el paraguas de armas nucleares que serviría más que para proteger a los Estados Unidos de un ataque con misiles, para acabar con una Unión Soviética agotada por la carrera armamentística.

 

Entonces, las protestas ante los edificios institucionales se multiplicaban y no fue extraño que algunos de los rebeldes contra el establishment norteamericano, supervivientes de las movilizaciones contra la guerra de Vietnam, llevaran su protesta a las mismas puertas de la casa del presidente más poderoso del mundo. Primero, ante Reagan; luego, Bush, Clinton, Bush Jr, Obama.

 

Ese fue el caso de William Thomas, un hippie, entonces cincuentón, que se apresuró a escuchar la historia de Connie y a la que animó a asentarse junto a él frente al emblemático edificio presidencial, y hacer juntos causa común contra la adversidad, defender unos valores, la paz y el amor, que ya apenas transmitían un significado posible ante un público que se fotografiaba ante ellos igual que lo hacían ante otros monumentos de Washington.

 

Estuvieron juntos hasta la muerte de Thomas, y ella mantuvo después viva la causa. Cambiaron las reivindicaciones, aunque siempre las presidía un mismo motivo: luchar contra la injusticia social y denunciar los abusos del poder. Junto a Thomas denunció al lobby judío, la guerra de Irak, la persecución a los nativos americanos la corrupción del sistema. En la Era Clinton, cuando el presidente demócrata explicaba sus éxitos refiriéndolos a la economía, ella se mantuvo tenaz contra la marginación de las minorías y los excesos del sistema de una sociedad que crecía .

 

Connie vivía en una pequeña tienda de campaña, rodeada de carteles de denuncia, se cubría con un casco para protegerse de las agresiones de los fanáticos opuestos a su causa que la asediaban, sobre todo por las noches, y apenas podía sentarse, tumbarse o dormir abiertamente porque las ordenanzas municipales toleraban el asentamiento siempre y cuando no sobrepasaran ese límite que pretendía frenarla. Dios me da fuerza para continuar, aseguraba tras relatar el daño que le hacían. Tres metros cuadrados de lucha, reivindicaciones y denuncia, y de paz y amor. Ella pintaba piedras de colores que vendía a los turistas y que junto con los donativos que recibía, le servían de sustento para sobrevivir en un medio abiertamente hostil contra ella.

 

La conocí en 1996, hace veinte años, cuando llevaba apostada 16 ante la casa Blanca, y hablé con ella durante un largo rato en el que me contó su triste historia personal y su increíble aventura social. Publiqué el reportaje en la contraportada de la Voz de Galicia, y muchos gallegos de esta orilla del Atlántico se conmovieron al conocer sus desventuras. Connie añoraba Galicia. Me dijo ya aquel año que le encantaría volver a su Vigo natal y que solo la frenaba el compromiso de denuncia que había adquirido. “Sueno con volver a Galicia; me iría ahora mismo”, me aseguró, aunque al mismo tiempo elegía quedarse: “aquí estoy mas cerca de mi hija”. La que no había vuelto a ver ni llegaría a ver nunca más.

 

Ahora este icono de la resistencia pacífica y de la protesta social nos ha dejado para siempre. Deja un hueco en la Avenida Pensilvania, en las puertas mismas del corazón del poder mundial, un hueco de dignidad, decencia, compromiso y determinación contra la injusticia, por la paz y los derechos de todas las minorías oprimidas. A sus más de ochenta años, su vida ha sido un relato viviente de la denuncia social en un país aletargado y ante nada más y nada menos que cinco presidentes.

 

Su hija debería de estar muy orgullosa de de ella, una gallega de Vigo con un corazón enorme al que solo la muerte ha puesto fin a su lucha.