Niños desaparecidos, casos sin resolver, familias deshechas

La desaparición de una persona siempre es una tragedia. La angustia de sus familiares, de sus seres queridos crece y crece hasta que en la mayoría de las ocasiones, el desenlace confirma lo que nadie quiere confirmar, el fatal destino al que se han abocado sus existencias. La tragedia se torna, si cabe, más dura cuando se trata de un niño.

Nadie sabe qué es mejor, si no saber y mantener viva, al menos, la esperanza, o conocer una cruda realidad, un desenlace cruel al que ningún ser humano querría enfrentarse. Es el caso de las numerosas familias que están afrontando las desapariciones de sus pequeños. Los casos, se dan a conocer en los medios conmoviendo y movilizando a la sociedad, pero al ir pasando el tiempo caen en el olvido.

Los recientes hallazgos, que se pensaban claves, pese a que finalmente no lo han sido,   en torno al caso de Yeremi Vargas, el pequeño de siete años que desapareció en 2007 en Gran Canaria cuando jugaba en su barrio, han traído de vuelta a la memoria de algunos, otros casos aún por resolverse.

Sara Morales, una desaparición en un principio relacionada con la de Yeremi. 2007

Nunca volvimos a saber de Sara Morales, también de Gran Canaria, que desapareció sin dejar rastro hace nueve años cuando salió de casa con destino el Centro Comercial La Ballena, donde había quedado con sus amigas para pasar la tarde. Sara tenía 14 años y nunca alcanzó su destino. En 2010, su familia pensó que el final de la agonía de no saber qué había sido de ella estaba cerca, pero no fue así. El hallazgo de unos huesos en un pozo en Jinamar apuntaba a que finalmente, los restos de Sara habían sido encontrados, pero las pruebas de los forenses determinaron que no eran humanos, por lo que la investigación tuvo que continuar y sigue sin arrojar luz sobre lo que pudo pasar con Sara. Se apuntó siempre al secuestro, con el móvil de la agresión sexual, y algunas líneas sugerían que su desaparición podría haberse visto relacionada con la del pequeño Yeremi Vargas.

Josué Monge y su padre, Antonio. 2006

Tampoco, hemos vuelto a oír nada de Josué Monge, también desaparecido en 2006, en Dos Hermanas, Sevilla, a la edad de 13 años cuando marchó de su domicilio en bicicleta para ir a ver a un amigo con el que nunca llegó a encontrarse. Las pesquisas policiales señalan que pudo haber sido asesinado por su padre, que también desapareció 13 días después que su hijo cuando, en teoría, salió a buscarle. La Policía Nacional interpuso una orden de busca y captura contra Antonio Monge, aunque también se baraja la hipótesis de que pudo suicidarse tras acabar con la vida del niño. Hipótesis y conjeturas y nada claro con respecto al paradero de padre e hijo.

Amy FitzPatrick, una irlandesa en la Costa del Sol. 2008

Otro caso sin resolver es el de la joven de origen irlandés Amy FitzPatrick. Amy desapareció el 31 de diciembre de 2008 tras haber pasado la noche fuera, durmiendo en casa de una amiga. Tenía quince años y se cree que pudo haber sido secuestrada. La joven, residente en Málaga, tenía que atravesar un camino poco iluminado y transitado y según contó su amiga, en otra ocasión un hombre había invitado a la adolescente desaparecida a subir en su coche. No sabemos si el mismo hombre siguió los pasos de Amy hasta que se hizo con ella, o que es lo que pudo ocurrir con su vida. Su familia llegó a ofrecer un millón de euros a cambio de información fidedigna, pero esa información nunca llegó. Si sabemos, que su hermano murió apuñalado tiempo después, y que sus padres han perdido a dos hijos.

Cristina Bergua, sin pistas fidedignas. 1997

Estos son algunos de los casos sin resolver más recientes, pero existen otros enquistados desde hace décadas, como el de la adolescente barcelonesa Cristina Bergua, desaparecida en 1997 a los 16 años tras pasar la tarde en casa de su novio, diez años mayor que ella y con el que quería romper, según relató el entorno de la joven. Javier Román, la pareja de Cristina, fue investigado como principal sospechoso, pero no se encontraron pruebas en su contra, pese a que se contradijo en varias ocasiones en su declaración. Su última versión sentenció que la había dejado en un semáforo de la carretera de Esplugues, y hasta ahí llegó la sospecha. Durante algún tiempo la familia recibió todo tipo de pistas, que tras ser investigadas, resultaron ser falsas.

Los hermanos Orrit, un hospital y muchas incógnitas. 1988

Pero aún podríamos ir más lejos. En 1988, los hermanos Dolores e Isidro Orrit, de 17 y 5 años respectivamente,  desaparecieron en un hospital de Manresa. Nadie vio nada en el centro, y el último familiar con el que estuvieron en contacto fue su tío.Su madre, había quedado viuda con 14 hijos a su cargo, por lo que no se descarta una huida, que Dolores se llevara a su hermano para emprender una nueva vida o que algún familiar se hiciera cargo de ellos sin dar pista alguna a su madre.

David Guerrero y Juan Pedro Martínez. 1987-1986

Otros dos casos de los años ochenta, son los de David Guerrero, malagueño de 13 años y Juan Pedro Martínez madrileño desaparecido a los 10.

David, desaparecido en 1987,  acudía a una exposición en la que se presentaba una de sus obras, con tan solo 13 años, era un apasionado del arte y solía pintar. No llegó a ver su obra expuesta. No se sabe nada de él, que hoy tendría 40 años. Hace algún tiempo la Policía relacionó su desaparición con un hombre suizo, vinculado al mundo del arte, que ya había fallecido, por lo que resultó imposible continuar las pesquisas.

Juan Pedro, el llamado “niño de Somosierra” despareció en 1986 en extrañas circunstancias. Las investigaciones han girado siempre en torno a su familia, que viajaba a Bilbao llevando una carga de 20.000 litros de ácido sulfúrico en un camión cisterna que volcó sin que se esclarecieran los motivos del accidente. En principio se pensó que el ácido había deshecho el cuerpo del niño, pero varios testigos dijeron haber visto una furgoneta en el lugar del accidente, donde varias personas con batas blancas se llevaron un bulto del lugar. Nunca se supo quienes eran ni de dónde habían salido, pero sí que la familia del pequeño hizo doce paradas en su viaje. Quizá demasiadas, y suficientes como para levantar sospechas.

Son algunos de los casos cuyo final no hemos conocido a día de hoy. Casos sin resolver, nombres en una carpeta e investigaciones que se vuelven callejones sin salida para aquellos que anhelan saber qué ocurrió con sus pequeños, o que todavía, no han perdido la esperanza de encontrarlos.