Podemos: el camino de ida y vuelta de la indignación

Durante los particulares sucesos de mayo de la ciudad de Madrid, cuando los acontecimientos devinieron en la asombrosa concentración de personas de toda condición, edad, credo, sexo, raza o pensamiento que fue la Acampada Sol, inciada el el 15M, muchos de los participantes, conocidos como indignados, mostraron su desafecto con el sistema político y yendo más allá que el resto, propusieron que la reacción ciudadana a la corrupción y la crisis se transformara en proyceto político y, por tanto, en plataforma electoral.

Pero no se hizo. En noviembre de ese mismo año, el PSOE perdió las elecciones como estaba claramente pronosticado, y comenzó la segunda Era del PP, en la que un veterano Mariano Rajoy, que hubo de esperar más de siete largos años para ocupar la Moncloa, acometió con dureza la estrategia ideológica de la derecha y el neoliberalismo: desmantelamiento de servicios públicos y acotación de derechos sociales. Fue entonces, a toro pasado, cuando un grupo de activistas de aquella primavera española asumieron el reto de dar forma política no ya a la indignación, también a un estruendoso enfado social. Nació Podemos.

Podemos era y es aún el catalizador de un estado de ánimo fraguado desde la llamada desaceleración económica hasta la brutal crisis de hoy. Un catalizador de dolor, sufrimiento, enfado y de una considerable sensación de desengaño, irritación y desafecto con partidos, políticos y modelos. Un catalizador sin más, sin necesidad de vestimenta ideológica ni de recursos políticos fraguados en el siglo XX. Como en la Puerta del Sol, el movil, el ordenador y el efecto multiplicador de la voz audaz, valiente y directa de Pablo Iglesias en tertulias políticas televisivas desde las que empatizaba con la angustia de lso espectadores, se imponía sobre la consigna clásica y el recurso dialéctico del viejo mapa izquierda-derecha.

Podemos ha hecho un largo camino en muy poco tiempo pero con un corto recorrido

Ahora, un año después del espectacular resultado de las elecciones europeas en las que Podemos consiguió cinco escaños, la formación morada se debate en las estrategias, se sumerge en los debates y se ahoga en las deserciones. La salida de Monedero tras el escándalo de sus ingresos y el conflicto táctico electoral con Errejón, han colocado a Podemos en el disparadero de la opinión pública que, por primera vez, ha castigado en las encuestas a Podemos deteniendo su ascenso desmocópico y limitando el alcance de sus éxitos futuros. El mal resultado de Andalucía, anunciado por ellos mismos, y la acumulación de torpezas y desencuentros, más la inútil estrategia del órdago a todo, colocan el futuro nacional del partido en la dinámica de unas elecciones locales y autonómicas en las que ninguno de sus pesos pesados se presenta y en las que ni siquiera sus siglas son la refrencia electoral en los feudos del PP a tiro de pìedra.

El caso más flagrante es el de Madrid, donde la candidatura de Ahora Madrid, encabezada por Manuela Carmena, ha logrado la simpatía de mucha gente a la izquierda, gente que, como ella misma, dicen no reconocerse en Podemos.

Al final, la estrategia de la hegemonía más allá de la contradicción izquierda-derecha no ha calado como pensaban – así lo parecía ver Iglesias en una entrevista a Telesur -, y Podemos será, como antes lo fue Izquierda Unida, el apuntalador de gobiernos progresistas allá donde la fragmentación del voto de izquerda todavía lo permita. Pero nada más.