El día que Portugal amaneció con los claveles

Celeste Caeiro era camarera y volvía a su casa en Lisboa la madrugada del 25 de abril de 1974, después de haber pasado la noche trabajando en un banquete. Había terminado su turno y se marchaba a dormir, llevaba en sus manos un manojo de claveles rojos que había recogido de las mesas de la fiesta. Por el camino, descubrió los carros de combate que habían tomado gran parte de la capital y vio encaramados sobre ellos a los soldados de infantería que esperaban las ordenes del puesto de mando que dirigía Otelo Saraiva de Carvalho. Un soldado le pidió un cigarrillo, pero ella no llevaba. Asombrada por la situación pero al comprender lo que estaba pasando, le dio un clavel de los que llevaba al joven soldado. Este lo colocó en el cañón de su fusil y sus compañeros hicieron lo mismo con el resto de los claveles de Celeste. Así, sin preparación alguna, sin asesores de marketing y sin premeditación, se creó el símbolo de la revolución democrática portuguesa, el fruto del golpe de estado de los ‘Capitanes de Abril’. Lisboa amanecía con la revolución de los claveles.

El régimen dictatorial de Caetano se desmoronaba definitivamente. Había recibido un aviso definitivo poco tiempo antes, con la sublevación de un cuartel de infantería en Caldas de Rainha, pero la dictadura, incapaz de desprenderse de su naturaleza autoritaria e inconsciente de la realidad que atravesaba el país, había hecho oídos sordos a la reclamación militar y civil para poner fin a la guerra colonial en Angola y Mozambique – la última guerra colonial del siglo XX- y democratizar las instituciones del país.

Pocas horas antes de que Celeste Caeiro confraternizara con los soldados, dos canciones habían detonado el movimiento de tropas: “E despois do Adeus”, de Paulo de Carvalho, que anunciaba la disposición definitiva para dar el golpe de los capitanes, y Grandola Vila Morena, de José Afonso, que lo iniciaba. Radio Renascença, fue la emisora que difundió ambas contraseñas.

No hubo apenas resistencia, y el general Spínola, uno de los pocos miembro de la élite militar portuguesa que se había manifestado contra la continuidad de la guerra, acudió a las pocas horas al Carmo, para recibir la rendición pacífica de Caetano, jefe del gobierno continuísta del dictador Salazar, que en el 1926 había creado el Estado Novo, un régimen al modo fascista de la época que había sobrevivido más de cuarenta años.

La Revolución de los Claveles acabó con la dictadura y llevó las libertades a un Portugal arruinado, herido y agotado por las guerras coloniales en África. La dictadura había sido implacable con la oposición democrática, había perseguido a progresistas, socialistas y comunistas con un terrible ensañamiento. La PIDE, policía política similar a la BPS, Brigada Político Social española, había sido la encargada de ejecutar una represión despiadada. Muchos de sus agentes se resistieron al golpe democratizador y hubieron de ser ser detenidos por el ejercito.

El Movimiento de las Fuerzas Armadas, MFA, una organización ilegal de jóvenes oficiales creada en los cuarteles en la clnadestinidad, había sido el protagonista de la revolución hasta las calles de Lisboa y la rendición de Caetano con sus ministros, atrincherados en el cuartel del Carmo. Esa organización había nacido poco tiempo antes, fruto del desasosiego de los protagonistas directos de la guerra y el hastío contra la dictadura y el empobrecimiento que había provocado en el país.

Con el fin de la dictadura portuguesa se inició un proceso de transición largo y complejo que mantuvo en la inestabilidad al país durante varios años, con gobiernos provisionales y alianzas políticas que se debatían entre continuar el proceso hacia una revolución social verdadera o mantener el modelo democrático con un régimen liberal.

Franco, a pocos kilometros, no fue capaz de entender lo que había pasado en Portugal, y lo ignoró. Ministros de la época contaban, poco después de la muerte del dictador, cómo había hecho oídos sordos a la advertencia portuguesa y cómo los más radicales del franquismo habían afirmado que la Guardia Civil acabaría con cualquier tentación de imitar a los vecinos.

Tenían razón. Franco murió en la cama, tras una larga agonía, más de un año y medio después, sin ninguna complicación.