Miguel Hernández, vencedor de las flores

Pocos crímenes reflejan con tanta exactitud el horror de la guerra civil española como el crimen de Miguel Hernández, poeta de Orihuela. Pocas circunstancias dramáticas reflejan con tanta claridad el sufrimiento al que fueron sometidos los derrotados, como el calvario por el que tuvo que pasar Miguel Hernández antes de su muerte ignominiosa, víctima de una enfermedad cruel contraída entre las trincheras del frente y las celdas carcelarias.

Pocos son los que hoy aún permanecen ignorantes al estremecedor asesinato de Miguel Hernández. Es posible que, a pesar de los esfuerzos de su familia, resistente en sus convicciones, la condena no sea nunca declarada ilegal y que la revisión del juicio pantomima al que fue sometido quede en los archivos tal y como fue.

Pero eso ya es igual. La justa demanda de sus familiares no ignora la extraordinaria vitalidad y la fortaleza aún presente de la poesía del joven alicantino, tan actual para muchos, tan hermosa para todos. Cada aniversario se siente el eco estremecedor de sus versos recitados por él mismo ante sus compañeros de fatiga en el campo de batalla. Se hace imagen, verso a verso, toda su obra y se hace emoción cada una de las estrofas dedicadas a la dureza del combate, la firmeza de las ideas, la valentía de los milicianos, la arrogancia de los poderosos, la belleza de su amor infinito por su hijo, la delicada presencia de Josefina Manresa en su dolor, en su ausencia, el amor del poeta combatiente.

No se puede entender a Miguel Hernández sin entender la continua desolación en su vida. Su pasión por la poesía lo sacó de la aldea, le alejó de su destino de cabrero con recursos, y lo llevó a soñar despierto una oportunidad en la España de las letras.

Para eso viajó a Madrid en dos ocasiones terribles. En ambas, la pobreza fue el hecho terrible que consumió sus esperanzas. La España ardiente de poetas y escritores, de aquella República de las Letras que se hacía República de los españoles, lo ignoró, salvo honrosas excepciones, y el comportamiento distante de muchos – alguno que compartió su cruel y fatal destino – le amargó las ilusiones aunque otros, Aleixandre, Neruda, Cossío, lo encontraran a la misma altura en la que ellos estaban.

También dan igual – incluso después de leer los terribles versos de Neruda en homenaje a su amigo Miguel -, aquellla arrogancia del señoritismo y de la juventud, a veces tan cruel, pues no apagaron al poeta que compuso sus versos más hermosos en las condiciones más adversas, incluida la pobreza, la guerra, la cárcel, el hambre, la enfermedad y la antesala de la muerte.

Miguel, compañero del alma, compañero, vivo en la memoria, en la lectura y en el sueño de aquella república de sueños que acabó como pesadilla; Miguel, letras y versos, compromiso y esperanzas, vivo hoy, aniversario de su muerte.

Miguel dejó escrito

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.