The day the music died, el 3 de febrero de 1959

No hay 3 de febrero en el que en cualquier parte del mundo no se sintonice el American Pie de Don McLean. Un homenaje al día en el que, como el propio McLean canta, murió la música. Fue en un accidente de avioneta en 1959,  hace hoy 56 años. La avioneta que reunía dentro de sí todo el talento de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Booper. Ninguno de ellos tenía 30 años, Valens de hecho, no llegaba a los 20 y sin embargo ya se habían hecho grandes a golpe de tupé y rock and roll.

Enero de 1959 y la Winter Dance Party

La cadena de infortunios que les reunió a los tres en aquella avioneta arrancó el 23 de enero del 59 en Milwaukee, Wisconsin en una gira llamada The Winter Dance Party, que tenía que recorrer 24 ciudades en 3 semanas a lo largo y ancho del noroeste americano y que contaba además con la presencia de Dion DiMucci con Dion and The Belmonts, Frankie Sardo y los músicos de la banda de Buddy Holly;  Wylon Jennings, Tommy Allsup y Carl Bunch, con los que hacía nueva formación tras romper con su anterior banda, The Crickets.

Las distancias a recorrer eran largas y los caminos tortuosos para ir en un autobús destartalado sin calefacción que además se averió y tuvo que ser sustituido por un autobús escolar. Y ese fue el fatídico momento en el que el destino de estos músicos cambió, o simplemente se cumplió para convertirlos en leyendas que recordar 56 años después pese a sus cortas carreras musicales.

Aquella noche

La noche del 2 de febrero de 1959 Buddy Holly estaba cansado de aquel maldito autobús escolar, quería lavar su ropa y llegar cuanto antes a su próximo destino en Moorhead, Minessota desde Clear Lake, Iowa,  por lo que Carroll Anderson, administrador del local en el que los músicos habían tocado aquella noche, contrató los servicios de una avioneta de 12 años de antiguedad y un piloto de 21 años, Roger Peterson, que contaba con 700 horas de vuelo. En aquella avioneta con sitio para tres pasajeros y el piloto debían ir Buddy Holly y su banda, a excepción de Carl Bunch, quien había sido ingresado en un hospital de Iowa por unos problemas de salud derivados de las condiciones en las que los músicos venían viajando. Pero el destino hizo que The Big Booper, con una gripe de caballo pidiera su asiento a Jennings, y que Valens y Allsup se jugaran la plaza a cara o cruz porque Ritchie Valens nunca había volado en avioneta, y nunca más lo haría.  Cuando Buddy Holly supo que Jennings le había cedido su asiento a The Big Booper le dijo “ojalá tu autobús se congele”, a lo que Jennings contestó “ojalá tu avioneta se estrelle“.  Un chiste que perseguiría a Jennings hasta el día de su muerte el 13 de febrero de 2002.

Los que ocurrió en esa avioneta es una historia que jamás conoceremos, porque no hubo supervivientes. Se habló del mal tiempo, de la mala suerte, y de si el destino está escrito. De si Allsup y Jennings burlaron a la muerte o simplemente era el momento que el sino tenía reservado para Booper y Valens. Especulaciones, la mística que envuelve a la muerte de los genios, elucubraciones que no sirven de nada. Aquel 3 de febrero de 1959 las voces más prometedoras del Rock n’ Roll se apagaron para siempre, destruidas en un campo de maíz de Iowa y es lo único que importa. Nunca más se pudo escuchar La Bamba en la voz en directo de Ricardo Esteban Valenzuela Reyes de 17 años, ni Charles Hardin Holley, de 22, le pudo volver a cantar a Peggy Sue, ni Jiles Perry Richardson, de 28, volvió a entonar los acordes de Chantilly Lace.