¡Vamos todos a por Teresa Romero, por fin!

 

 

En España se fabrican los mitos como las piñatas, para ponerlos en alto y liarse a garrotazos con ellos. Somos más pueriles que como nos pintó Goya, enterrados y golpeándonos con las garrochas, aunque la metáfora de nuestra historia se hace cierta en la vida cotidiana con esa forma del juego infantil.

Teresa Romero no es, ni nunca ha sido otra cosa que una auxiliar de enfermería que atiende a pacientes con enfermedades infecciosas. Teresa Romero nunca se ha presentado a unas elecciones ni ha estado, como Francisco Javier Rodriguez, más de veinte años sentada en un escaño a pesar de estar bien comido; todo ese tiempo, Teresa Romero, seguramente no tan bien comida como el consejero, ha vivido una vida normal, la de una trabajadora de cualificación media que atiende enfermos con su buena voluntad y su esfuerzo en una relación laboral con la sanidad pública.

 

Teresa Romero nunca quiso ser una heroína

 

Teresa Romero nunca quiso ser una heroína, ni alcanzar la fama para conquistar los corazones del público y mucho menos para ser portavoz de causas con las que hacerse un sitio en el Olimpo de la política, allí donde habitan los Javier Rodríguez o las Ana Mato, incompetente en la gestión y beneficiara señalada por la fiscalía de los ‘presuntos’ – país de presuntos – robos de su marido, que lo era cuando presuntamente robaba y cuando ella presuntamente festejaba su magnífico tren de vida.

Teresa Romero no lleva veinte años en el escaño, decíamos, ni tampoco tiene un jaguar en el garaje de su piso de Alcorcón, que le haya pasado inadvertido cuando el juez pregunta. Quizá no tenga garaje si quiera. Tenía un perro, y un trabajo. Y un marido. De las tres cosas es posible que haya perdido dos, porque Javier Limón sigue a su lado como cuando compartió destino con ella, con más fortuna, por culpa del ébola. Pero al perro se lo arrebataron con el impulso de la tradición popular mas siniestra. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y su trabajo es posible que durante mucho tiempo no sea una opción para ella, desmejorada, gastada y dolida tras padecer una espantosa enfermedad mortal, la misma que ella había visto llevarse a dos personas a las que intentó ayudar en sus horas postreras.

Los medios nacionales se hicieron eco de su contagio, y España se dividió en dos: los que la acusaron de incompetente e inútil y los que apostaron por la solidaridad con quien se arriesga para ayudar. Las dos mismas Españas de siempre, casualmente. Los diarios hasta llegaron a publicar su óbito. No dudaron en presentarla en fotos robadas medio desnuda y con mascarilla. Y los médicos, el equipo de emergencias del consejero, entró en su recinto de reclusión para interrogarla con una actitud solo comparable, en miseria moral, a la del consejero.

Falló el protocolo. Nos pusieron en riesgo. Trajeron a España a personas muy enfermas sin medios adecuados para atenderlos. Los recortes abstractos del libro de contabilidad eran, en realidad, un hospital adecuado para atender enfermedades infecciosas graves. Pero de eso ya no se habla, porque es recurrente, y porque no tiene empaque para llenar un titular.

 

Acusar a Teresa Romero, difamarla, degradarla

 

Si lo tiene acusar a Teresa Romero, difamarla, degradarla – la inútil incapaz de ponerse el traje – y calumniar a su marido, testigo de guardia del sacrificio de su perro y militante leal del cariño a Teresa Romero. La ex portavoz, presunta amiga de la familia, corredora de platós, acusa ahora a Javier limón de planificar un negocio para vivir toda la vida del ébola; debe tratarse de los 150.000 euros que reclamaban por daños morales, los que todos vimos, por los que el consejero se retractó, insistió después y tuvo que ser cesado en vísperas electorales, claro está. Los famosos 150.000 euros que te ponen en casa para toda la vida. Esa señora facilita los golpes en la piñata: el primero, desde Telemadrid, dónde si no. La afición a salir en la tele y tratar de ser alguien no tiene fronteras.

A por Teresa Romero es fácil ir ahora que no ha querido insistir en la acusación a una médico de familia. No sabemos de qué sirve su abogado, seguramente será del mismo nivel que su ex portavoz, un personaje de calderilla, pero sí sabemos que la conduce por el abismo erróneo de pasilleo judicial. Y ella no es un personaje del Sálvame, que ‘mete querellas’ y llama a ‘sus abogados’.

Por eso, Teresa Romero, a la que nunca hemos oído acusar con maledicencia a nadie, ni al consejero, la misma que ha dicho a quien quiera escucharla que volvería a atender a los dos misioneros, que volverá a tratar enfermos infecciosos, la misma desmejorada, dolida y dañada superviviente del mayor mal, castigada por las secuelas, es ahora su propia víctima, aupada previamente a lo más alto, y ya en posición adecuada para comenzar a recibir los golpes.

La mujer que nos hizo temblar de emoción en la vigilia de su muerte anunciada, hoy es un instrumento para que los maliciosos hagan su agosto. Esos que llevan viviendo de lo público toda la vida, y bien comidos, y aquellos otros, los mezquinos que salivan y se atragantan con su propio veneno cuando tienen la posibilidad de hacer un daño a alguien a quien no le llegan ni a la suela de los zapatos.

!Vamos todos a por Teresa Romero! ! Qué empiece la piñata!